
lunes, 21 de febrero de 2011
viernes, 14 de enero de 2011
La colonización rosa

Hubo un tiempo en el que los colonizadores se imponían a los colonizados sometiéndolos por la fuerza. Todavía persisten esas formas violentas de dominación, todavía existen colonizaciones.
En los países más desarrollados, y con democracias consolidadas, también se sigue intentando conquistar las mentes. Pero en vez de la imposición, los poderes que tratan de subyugar, sean estos políticos, económicos o religiosos, utilizan la seducción. Los sojuzgadores hace ya tiempo que han descubierto que la sutil persuasión es la mejor manera de colonizar, pues reduce la resistencia del sometido de forma más efectiva y duradera que la que se consigue a través de la brutalidad de las armas.
Una de estas nuevas formas de colonización, a la que nadie parece dar importancia, es la que insiste en inculcar a las niñas la creencia de que deben ser personas reducidas al hogar, al cuidado de sus hijos y a la atención de su belleza. Pretenden que las niñas vuelvan a ser lo que eran antes de que las mujeres empezaran a reivindicar su emancipación. Se está intentando perpetrar un retroceso histórico. ¿Cómo se realiza esta inculcación?
De una manera muy sencilla y muy eficaz al mismo tiempo: a través de esos objetos que se destinan al entretenimiento de los más pequeños que llamamos juguetes.
Lo que se había conquistado con un inmenso esfuerzo y sufrimiento, y no solo para las mujeres, sino para toda la humanidad, está experimentando un preocupante desmoronamiento.
Para comprobar esta afirmación, no hay más que contemplar los catálogos de juguetes de los grandes centros comerciales. Mírenlos con atención. Obsérvenlos con detenimiento. Analícenlos con cuidado. Fíjense bien, pues no ofertan juguetes, ofertan concepciones del mundo.
En ellos está muy claro lo que quieren que sean las mujeres. Todo aquello con lo que tientan a las niñas es rosa. Son de ese color las cocinitas, las lavadoras, los patinetes, los teléfonos, las bicicletas, las cámaras de fotos, las cafeteras, los castillos, las aspiradoras, los disfraces y hasta el globo terráqueo. El mundo que prefiguran para ellas esos juguetes es el del hogar y el del cuidado de los bebés como ocupación predominante, y el de la belleza como cualidad relevante. Los “inocentes” juguetes quieren diseñar para el futuro de las niñas una nueva cárcel rosa. El rosa se ha convertido en el color dominante de la nueva dominación.
Una mayoría apabullante de estos juguetes condicionantes les asegura a las niñas que su imagen física va a ser decisiva para triunfar en la vida y que deben, por lo tanto, dedicar una parte importante de su tiempo a cuidar su atractivo. Aparte de condicionar las opciones de las niñas, de reducir su potencial como seres humanos, esta obsesión inculcada por los modelos de belleza, va a tener un enorme coste de insatisfacción y sufrimiento.
Pero hay mucho más que los juguetes: un gran número de editoriales infantiles se han sumado con entusiasmo a la colonización rosa. Lo podemos comprobar recorriendo librerías. Hay una auténtica saturación de libros de ese color pastel en los que predominan los dedicados a las princesas. Centenares de textos se esfuerzan en convencer a las niñas de que es fundamental que cultiven su coquetería como auténticas princesas, que deben esmerarse en la dedicación a su pelo, a su rostro, a sus uñas o a sus modales para ser dignas de un príncipe.
Y no es casualidad que el adoctrinamiento rosa de los juguetes, libros y películas, venga acompañado de un reforzamiento de la teorías que tratan de justificar esta reducción de las mujeres, porque, como afirman sus defensores, “está probado” que las predilecciones de las niñas vienen dictadas por su biología, que están inscritas en sus genes, vamos. Llegan a asegurar que escogen el rosa, por naturaleza; que son más incapaces para las ciencias y las matemáticas, por naturaleza; que son, por naturaleza, cuidadoras de niños y amas de casa y, en fin, que por naturaleza deben de someterse a los designios masculinos. Esto da respaldo a una de las mayores lacras de nuestra sociedad: la violencia contra las mujeres. Y no sólo les da respaldo, sino que en esas concepciones se encuentra la raíz de ese mal.
Un portavoz de la compañía Disney aseguraba sin abochornarse:
“Creemos que para la gran mayoría de las niñas pequeñas poner en práctica la fantasía de ser una princesa es un deseo innato. Les gusta disfrazarse, representar ese papel. Es un deseo genético el que les guste el rosa”.
Poner en duda estas teorías sobre las diferencias innatas entre mujeres y hombres puede resultar peligroso, dada la vehemencia y la agresividad creciente de sus defensores.
En el libro titulado Muñecas vivientes, el regreso del sexismo, Natasha Walter realiza un análisis sereno y razonado –lo que se agradece de veras– sobre la situación de la mujer en la actualidad. En este libro sin desperdicio, escrito en excelente estilo periodístico, su autora detalla las características del nuevo sexismo y revisa, una a una, las teorías científicas que establecen esas diferencias contraponiéndolas a las investigaciones que las refutan. El resultado comparativo de estos estudios es que no hay evidencias concluyentes que avalen esas “probadas” preferencias innatas ni en las niñas ni en los niños. Es un necesario libro contra la ignorancia, contra esos prejuicios y mitos tan difíciles de erradicar.
La escuela, donde hasta las mesas se aburren

Uno de los más eminentes psicólogos de nuestro tiempo, Jerome Bruner, afirmaba en una entrevista: “El problema es que los alumnos se aburren. Eso sí que es un gran problema que hay que evitar a toda costa”.
Comenté con un pedagogo este síndrome de inapetencia escolar, este tedio del que hablaban con tanta insistencia los alumnos y me cortó airado, como si yo fuera el culpable de ese malestar: “Los alumnos van a la escuela a aprender no a divertirse”. Me atreví a comentarle al Pedagogo –observen que ya lo escribo con mayúscula para que no se me ofenda más– que, a lo mejor, lo contrario de aburrir no era divertir. Me miró, primero perplejo, después esbozó una sonrisa suficiente y despreciativa. Encajé un tanto azorado esas alusiones no verbales, y respondí con cierta torpeza, extremando la afabilidad:
“Quizá lo que había que conseguir no es que los niños y niñas se diviertan, sino que se interesen, que son cuestiones bien diferentes”.
El Pedagogo ya no escuchó más. Pretextando una urgencia me dejó con la palabra en la boca.
Me gustaría haber podido decirle que la diversión nos aleja, nos distrae, nos lleva a otra parte, mientras que el interés, nos centra, nos da una energía interna que nos impulsa a indagar, a experimentar, a querer saber y a poner todo nuestro esfuerzo en ello.
Viéndolo alejarse, suficiente y altivo, me vino a la memoria una tira de Mafalda. En ella aparece una maestra escribiendo en la pizarra: “Mi mamá me mima, mi mamá me ama, yo amo a mi mamá”. Mafalda se levanta, se dirige decidida a su señorita, le da la mano y le espeta:
“La felicito señorita es usted muy afortunada, pero podría enseñarnos cosas más interesantes.”
En una ocasión, les pedí a niños y niñas de diversos lugares de España que escribieran un deseo con sólo siete palabras. De las centenares de respuestas que recibí, destaco la de una niña andaluza de 6 años que escribió: “Que pase algo guay en el colegio”.
Ese guay significaba para ella que sucediera algo digno de ser tenido en cuenta, digno de ser experimentado en su escuela, porque la pobre, a los seis años, ya se fundía de aburrimiento. “La escuela es ese lugar donde no pasa nada”, aseguró otro niño de 11 años”. ¿A quién puede atraerle un lugar donde nada pasa ni nos pasa? Y si la experiencia es, como dice el filósofo Jorge Larrosa “no lo que pasa, sino lo que nos pasa”, ¿qué experiencia puede adquirir un alumno en un institución escolar?
Parece que la preocupación de escuela es sólo la de inculcar, instruir, transmitir, dejando de lado estimular el gozo de aprender, el gozo de saber, el gozo de descubrir cosas nuevas, el gozo de intercambiar conocimientos con otros.
¿Tienen los alumnos que aburrirse y pasarlo mal en la escuela para extraer provecho de sus enseñanzas? Me cuenta una amiga, y excelente maestra, que la madre de una niña de diez años le comentó: “Ay, mi hija no debe de estar aprendiendo mucho, porque viene muy contenta al colegio”. Lo de sufrir y aburrirse ha calado tan hondo, que tal se diría que el aburrimiento y el sufrimiento son consustanciales con la escuela y con la enseñanza en general.
En Mal de escuela Daniel Pennac, profesor, escritor, ex niño zoquete, de esos a los que demasiados enseñantes considerarían un caso perdido, nos habla de tres profesores que le salvaron de caer en ese abismo sin fondo del fracaso escolar. ¿Qué características extraordinarias tenían? “Los tres estaban poseídos por la pasión comunicativa de su materia”. No eran maestros que pretendieran divertir, querían enseñar. “Acompañaban paso a paso nuestros esfuerzos, se alegraban de nuestros progresos, no se impacientaban por nuestras lentitudes, nunca consideraban nuestros fracasos como una injuria personal y se mostraban con nosotros de una exigencia tanto más rigurosa cuanto estaba basada en la calidad, la constancia y la generosidad de su propio trabajo”.
Cuando hablo de estos temas con personas dedicadas a la enseñanza, suele surgir una pregunta que parece más la expresión de un miedo cerval a la anarquía. La pregunta es: “¿Acaso pretende usted que los niños hagan lo que quieran?”.
Respondo siempre con una frase de gran psicólogo suizo Jean Piaget: “No se trata de que los niños hagan lo que quieran, pero sí de que quieran lo que hagan”. Esa es la cuestión: convertir en interesante lo que se pretende enseñar, para que los alumnos adquieran, insisto, el gozo intelectual de aprender.
Me reí mucho en su día con la Enciclopedia del disparate, en la que se recogían las barbaridades que los estudiantes escribían en sus exámenes, pero esta risa se me heló con el tiempo en la boca. ¿Acaso estas barbaridades no son un reflejo de las deficiencias de todo ese complejo educativo que empieza en la familia, continúa en la escuela y se mezcla con los mensajes de una sociedad que enaltece, a través de sus potentes medios de comunicación, el conformismo, la estupidez, la ignorancia, la pasividad y la ordinariez? Por eso, de nuevo con Penac: “En vez de recoger y publicar las perlas de los zoquetes, que alegran tantas salas de profesores, debería escribirse una antología de los buenos maestros”. Todos tenemos en la memoria ese profesor o profesora inolvidables. Si los aspirantes a instalar en las tiernas mentes el deseo de aprender trataran de mirarse en estos modelos, “tal vez obtuviéramos ciertas luces sobre las cualidades necesarias para la práctica de ese extraño oficio”.
sábado, 2 de octubre de 2010
Geronimo Stilton, héroe a su pesar

Como un resorte, se disparó al punto mi propensión a la investigación. Y me puse de inmediato a la tarea indagadora. En el establecimiento de productos exquisitos, conseguí la primera información. Averigüé que este queso está considerado en el Reino Unido como the king of cheese, esto es, el rey de los quesos.
Continué tirando del hilo de este dato y descubrí que el nombre de esa delicatessen tiene un origen literario. Se debe, nada más y nada menos, que a Daniel Defoe, “padre” de la novela inglesa, y célebre autor de Robinsón Crusoe. Para ser exactos fue debido a un error suyo, y esto lo convierte en más literario aún. Expliquémoslo. Alrededor de 1727, Defoe viajaba redactando una pormenorizada guía de Inglaterra y Gales. Recorría pueblos y ciudades y anotaba lo más relevante de cuanto veía. Al pasar por el pueblo de Stilton, lugar de obligado descanso de carruajes y viajeros, entró a comer en una afamada posada. Allí le ofrecieron un queso que le pareció extraordinario, y no se le
olvidó consignarlo en sus notas. ¿Cuál fue el error? Pues escribir que aquel pueblo era famoso por “ese” queso. Así apareció en su guía. No supo que lo elaboraban en un condado cien kilómetros más lejos. Como hasta tiempo después nadie reparó en esa equivocación, le adjudicaron al queso el nombre de esa ciudad, lo cual, por otra parte, demuestra la potencia de lo escrito.
Miren por donde vamos de la gastronomía a la literatura y esto no deja de ser un camino la mar de apetecible: leer después, o a la vez, de una buena degustación.
Y ahora indaguemos sobre el nombre Geronimo, así sin tilde, aunque el corrector automático de word se empeñe en ponérnoslo con j y con tilde en la primera o.
¿Tendrá algo que ver con el legendario jefe indio? Para cualquiera que investigue las palabras, buscar sus conexiones resulta fascinante.
Jerónimo fue un indio apache de un coraje sin igual, hasta los blancos que lo combatían alababan su valor. Se lanzaba al ataque con tal denuedo que su nombre se convirtió en el grito que se da al emprender cualquier acción arriesgada.
¿Se le habrá puesto el nombre al ratón apellidado Stilton como homenaje al indio apache? ¿O fue porque el supuesto autor o autora daban ese grito en situaciones de trance peligroso?
Adelantemos que, en efecto, su nombre se debe a ese grito. A nuestro ratón, sin embargo, le vendría mejor lo que significaba ese nombre en lengua apache. Por lo visto, de niño, el que iba a ser famoso guerrero se quejaba con frecuencia de estar cansado y aburrido. Su padre le puso el nombre de Jerónimo porque en su lengua significa “el que bosteza con frecuencia”, para que luego hablen de la apatía de los niños de hoy.
Ya estamos mejor preparados para hablar del personaje Geronimo Stilton, el gran fenómeno editorial del siglo XXI. Las cifras de ediciones y de libros vendidos son astronómicas. Y está a punto de entrar en China de forma masiva. ¿Cómo va a afectar la llegada de Stilton a este inmenso país donde en muchas partes se comen a estos roedores, y en otras son una de sus más dañinas plagas? ¿Cambiará Stilton el mal concepto que se tiene en China de sus congéneres? Será apasionante seguir su influencia en esa cultura con ancestral aversión hacia los ratones, y comprobar si un ser imaginario modificará unas creencias de origen milenario.
Es hora de trazar el perfil biográfico de este personaje que está arrasando en los establecimientos dispensadores de imaginación, esto es, en las librerías de medio mundo.
Cualquiera pensaría, por lo que se ha venido diciendo, que debe tratarse de un héroe con unas características muy especiales, con un carisma singular y con una fuerza de atracción tan grande que no hay lector que se resista a seguirlo allá donde le lleve la lectura.
Siento decepcionar a quien aún no lo conozca. Geronimo Stilton, él mismo lo recordará con insistencia en todos y cada uno de sus libros, es una persona, perdón, un ratón de lo más corriente, de hábitos muy regulados, amante del orden y de las buenas costumbres. Adora la placidez de la monotonía, la vida sencilla sin excesos de ningún tipo. Y, faltaría más, disfrutar de un buen queso: pongamos un gorgonzola, por citar uno de sus preferidos. Su ideal de bienestar es gozar, bien relajado, de la lectura de un buen libro mientras escucha música clásica. La trepidante música actual lo desquicia. El rock se halla en las antípodas de sus preferencias.
En una entrevista que me concedió para el suplemento infantil La Oreja Verde el 10 de noviembre de 2007, y que se sepa la única a la que se brindó hasta el momento, Stilton me confesó:
“–Soy bastante cobardica. Pero por esas extrañas casualidades que a veces nos depara la vida me he visto metido, sin quererlo, en aventuras impresionantes.
–¡Y tan impresionantes! Recuerdo cuando fue usted al Kilimanjaro o al Reino de la Fantasía, por citar sólo dos ejemplos. ¿Podría explicarnos quién es en realidad, señor Stilton?
–Estoy cansado de repetir, una y otra vez, que soy un tipo de los más normal. Vivo en Ratonia, la capital de la isla de los Ratones. Dirijo el periódico más famoso de esta isla, «El Eco del Roedor». Adoro la vida tranquila, sin sobresaltos.
–Pero también le entusiasman las aventuras y los viajes, ¿no?
–Para nada. Las aventuras sólo me gustan en los libros. Mire, sufro de mareo y de vértigo y, para colmo, como ya le dije, soy muy miedoso. Le confieso que a veces tengo miedo hasta de mi propia sombra.
–Pues quién lo diría leyendo las peripecias que le han hecho famoso en el mundo entero. ¿Acaso sólo han sido aventuras imaginadas?
–No, claro que no. Todo lo que relato lo he vivido, pues tampoco tengo tanta imaginación como para inventarme lo que cuento. Yo sólo soy un periodista que narra lo que le ha pasado. Nada más.
–Nada más y nada menos. Ha ido usted a lugares impensables.
–Sí, ya sé que he tenido la gran suerte de haber podido viajar a dónde nadie ha conseguido hacerlo. Sé que he afrontado tremendos peligros, y que en numerosas ocasiones llegué a estar convencido de que ya no regresaría jamás a mi isla, como cuando me trasladé en una máquina del tiempo hasta la era de los dinosaurios. Todavía me entran escalofríos al recordarlo. Ve como soy un cobarde”.
Este pequeño fragmento de aquella conversación con Stilton sirve para darnos una idea de la personalidad de este héroe nada, nada extraordinario. Y si a esto le añadimos que se trata de un ratón adulto, no de un niño o un joven, nos preguntamos qué encuentran los millones de lectores en su forma de ser para sentirse tan identificados con él.
Detengámonos un momento en eso de la identificación con personajes de ficción. Sorprende que se haya estudiado tan poco algo que tanta influencia ejerce en nosotros. La identificación se produce cuando constatamos que los seres imaginados, construidos sólo con palabras, experimentan emociones similares a las nuestras o nosotros similares a las de ellos. Compartimos las alegrías y las desdichas de estos personajes que, oh asombro, están construidos con los impalpables materiales de lo ficticio. Para que exista identificación, es indispensable que se dé una aparente, sólo aparente, contradicción: que esos sujetos imaginarios estén sostenidos sobre los sólidos cimientos de la credibilidad. No podemos sentirnos identificados con personificaciones en las que no creemos. De acuerdo con un proverbio napolitano, un relato no es nada sino te dice algo substancioso sobre tu vida. Los entes irreales que nos dicen algo de verdad importante, son los que nos hacen palpitar, los que nos conmueven o remueven, los que hacen que nos sintamos nosotros en ellos.
¿Y en qué se puede identificar un niño, de pongamos ocho años, con ese roedor de apariencia tan anodina?
Pues en esa disponibilidad para todo sin ser nada. A Stilton la aventura le llega sin buscarla ni desearla. La experiencia que vive en cada una de esas peripecias es la que es realmente digna de ser contada. Él, precisamente, se dedica a la información, a dejar constancia de lo que acontece cada día, pero en su periódico nada le pasa, porque, como dice el filósofo Jorge Larrosa, “lo que pasa, lo que sucede, lo que ocurre no es la experiencia; la experiencia es lo que nos pasa, lo que nos sucede, lo que nos ocurre”. La información uniforma, la experiencia forma. Los niños y niñas están deseando que les pasen cosas. Al pedirle a una niña andaluza de seis años que formulara un deseo con siete palabras, contestó abriendo mucho los ojos: “Qué pase algo guay en la escuela”. Quería, pobrecilla, salir del tedio, de la monotonía del aburrimiento de todos los días lo mismo y de la misma manera.
Geronimo Stilton se ve envuelto sin quererlo en las más increíbles creíbles peripecias sin desearlo deseándolo. Eso es lo que, a mi entender, engancha y crea adicción, porque la aventura es la vida vivida en toda su plenitud. ¿Quién no ansía vivir esa plenitud o aproximarse a ella?
Poca fuerza tendría Stilton, sin embargo, sin el característico diseño que arropa cada libro. Optaron en la edición de la serie, por un formato cómodo, de fácil manejo y transporte. Y además, cosa nada baladí, a un precio muy asequible. Los títulos especiales se editan en formato de más empaque, con más páginas y tapa dura, aunque sin dispararse tampoco de precio. Pero la marca de la casa, la seña de identidad, que de inmediato fue copiada, es la de presentar cada página, siempre a color, salpicada de ilustraciones y de un combinado de diferentes tipografías con las que se resaltan palabras expresiones, emociones, acciones y sonidos onomatopéyicos. La tipografía adquiere función de ilustración, le da ligereza al texto permitiendo una ágil lectura. La acción, casi visual, predomina sobre la descripción.
Esta presentación tan atractiva para los que se inician en la lectura, es contemplada con cierta reticencia por los educadores, como si tanto colorido fuera, a priori, sospechoso de tapar insuficiencias literarias.
El fenómeno Stilton debería incitar a la reflexión. Es una colección de libros que no suele aparecer en las listas que recomiendan los expertos, que suscita recelos en los críticos sobre su calidad literaria, que no se recomienda en las escuelas ni es frecuente que figure en las propuestas de los animadores. Tampoco ha sido publicitado en televisión, y sólo desde hace muy poco tiempo pueden verse sus películas, dos veces por semana, empaquetadas en el abigarrado surtido de series televisivas de la Cartoon Network.
O sea, que son libros elegidos por los propios niños y su difusión se ha producido, sobre todo, de boca a oreja. Son los niños y niñas de entre 6 y 11 años quienes solicitan esos libros; son ellos, sin mediadores, los que han tomado posesión del personaje; aunque a la vez, todo hay que decirlo, el personaje los haya poseído también a ellos.
Igual que Harry Potter, Stilton es un fenómeno mediático, pero éste dirigido a un público situado en ese territorio complicado en el que ni se es niño ni se es adolescente, ese público, tan olvidado que ya dejó de leer cuentos, pero que no digiere grandes relatos. Y ese público ha escogido estos libros, entre otras apetecibles peculiaridades, por su estilo de acción trepidante encerrada en capítulos cortos en los que pasan muchas cosas. Esa es la característica más llamativa de la saga Stilton: el que siempre pase algo, y no sólo en cada libro, sino en cada capítulo, y si me apuran, en cada página. Y eso que pasa, les pasa también a sus lectores. Mi hijo, de siete años, me comentó sin preguntarle nada y con la mente situada en algún lugar fantástico: “Cuando
leo uno de los libros de Geronimo es como si estuviera dentro de ellos”. Ese estar dentro de la aventura, formar parte de ella, es la clave, el secreto de que ciertas ficciones nos atrapen en la seductora red de su trama. Y en las primeras edades los seres humanos somos aún más vulnerables a ese dejarnos llevar por la fascinación que los relatos nos prometen.
Geronimo Stilton muestra a las claras esa dicotomía entre lo que los más pequeños eligen leer y lo que los adultos queremos que lean. Daniel Pennac, en su último libro, Mal de escuela, ejemplificaba esta dicotomía al referirse al éxito obtenido entre los jóvenes por la película El club de los poetas muertos, que fue, según afirma: “Unánimemente abucheada por nuestra crítica y nuestras salas de profesores”.
Lo que le dijo a Pennac un alumno sirve como respuesta a todos esos productos que los niños adoran y los adultos rechazan:
“Bueno, a los profes no les gusta. Pero es nuestra película, no la suya”.
Los lectores de esta saga, parodiando al alumno de Pennac, nos dicen lo mismo:
“Podéis rajar cuanto os apetezca contra Stilton, pero son nuestros libros, no los vuestros”.
No puedo dejar de reflexionar sobre algunos de los personajes que acompañan a este “héroe a su pesar”, y le dan la réplica en sus diferentes aventuras, subrayando aún más su perfil temeroso, reservado y reflexivo. Destaco dos de ellos por situarse uno en el polo positivo y otro en el polo negativo. En el positivo estaría situada su hermana Tea, a la que él adora y admira. Es una ratona con los tres “in” que para sí quisiera Geronimo: independiente, inteligente e intrépida. Tea ha ido adquiriendo tanta vitalidad que ya es protagonista de sus propios libros.
En el polo negativo, se encuentra su primo Trampita, un ratón tan grande como fatuo. Presume sin parar de ser mejor que Geronimo. Se considera un experto en todo sin saber de nada. Enfurece a su primo con sus insoportables bromas pesadas. Nunca escucha, nunca razona y expresa sus opiniones como si fuesen verdades absolutas. Este antipático personaje se cree el más simpático, claro está. Realza la figura del protagonista, aunque le haga perder la paciencia con harta frecuencia. ¿A quién no le encorajinan esos cargantes sabiondos que, amén de tener que sufrirlos, nos espetan, si nos enfrentamos a sus ácidas burlas, que no tenemos sentido del humor?
Permítaseme introducir ahora un aderezo de ficción. Se dice que Geronimo Stilton fue ideado allá por 1988 por la escritora italiana Elisabetta Dami, y que luego ella, y el editor Pietro Marietti, crearon todo un emporio empresarial, al que pusieron el nombre de Atlantyca, para desarrollar la potente idea original. ¿Qué obras tiene Dami de literatura infantil? Si ha publicado algún libro, debe de estar guardado en un cofre secreto cerrado con siete llaves. Hemos rastreado en Internet con minuciosidad detectivesca y no figura ningún título que lleve su autoría.
En un estupendo artículo publicado en Qué leer, la periodista Claudia Cuchiarato da credibilidad a ese rumor. Es más, llega a insinuar que el nombre del ratón más famoso del mundo surgió del grito quitamiedos ¡Jerónimo!, que lanza la presunta creadora de la idea cada vez que, practicando paracaidismo, se arroja desde un avión. Eso sí que es rizar el rizo de la invención. Resulta más verosímil pensar que es Geronimo Stilton el creador de Elisabetta Dami. ¿Con qué intención? Está claro: para dirigir su imparable promoción.
Lo que de verdad se desprende del artículo citado es que la ficción envuelve por completo a la edición. Hasta tal punto esto es así, que la editorial italiana, de donde sale toda la producción stiltoniana, es muy probable que no sea más que una sucursal administrativa de El eco del Roedor en el prosaico mundo humano.
Concluyo. Geronimo Stilton es un ratón que vive aventuras increíbles, y que, además, las cuenta en sus libros sin alardes literarios ni heroicos. Es, caso raro, un protagonista escritor que narra sus proezas con la humildad y la perplejidad de quien ha sido arrastrado a vivirlas muy a su pesar. Los niños y niñas cuyo tiempo se halla okupado (con k de okupa) en tareas constantes, aunque sin vivir experiencia alguna, siguen entusiasmados a este roedor sabiendo que en su compañía les pasará algo excitante, algo que podrán llamar, de verdad, experiencia.
La Mona Lisa

Alexander Calder
