miércoles 24 de diciembre de 2008

¡Felices lecturas!

¡Felices lecturas para el 2009!

miércoles 27 de febrero de 2008

Luz, más luz

Los científicos han llegado a la conclusión de que la depresión, una de las más insidiosas enfermedades de nuestro tiempo, que viene a ser algo así como una decepción profunda de todo y de todos, está causada por carencias lumínicas. Y que, por tanto, una terapia eficaz es aplicar, a la persona enferma, reiteradas sesiones de exposición a la luz.
Este descubrimiento explica otro síndrome similar: el desencanto político ciudadano, que es también una gran decepción de la cosa pública.
La gente está desilusionada porque, a pesar de vivir en una democracia, a pesar de votar cada cuatro años, los políticos, que debían actuar siempre con plena luminosidad, porque para eso han sido elegidos por los votantes, en cuanto pueden escogen esconderse entre los pliegues de la oscuridad. Cuesta mucho a los ciudadanos de a pie entender las actuaciones ocultas de quienes están en el poder gracias a ellos.
En el imaginario colectivo, la oscuridad es un extenso reino donde crecen a sus anchas la corrupción, la manipulación, la intriga, la tiranía, el fanatismo, el chantaje, la manipulación o la tortura, entre otras muchas plantas tenebrosas.
Las mentiras, las calumnias o la envidia, pertenecen también a este reino de las tinieblas y, al igual que las setas cultivadas, precisan para prosperar cuevas oscuras y húmedas. Cualquier mafia podría dar clases magistrales de opacidad.
La verdad, sin embargo, busca en todo momento, la claridad del pensamiento, es decir, la iluminación de la razón.
No es de extrañar que a un siglo que pretendía ser la era de la razón, se le llamara siglo de la Ilustración o de las Luces, aunque haya sido mucho menos razonable de lo que pretendía.
Y tampoco es de extrañar que el imaginario colectivo asimile la luz a la verdad. “¡Por fin se hizo la luz!”, exclamamos cuando algo oculto se desvela, o cuando una persistente falsedad se descubre. Asimilamos también la luz con la justicia, la sabiduría, la alegría, incluso hasta con la esperanza. John Berger escribió:“La esperanza es una llama que se enciende en la oscuridad”.
Jovellanos mando poner en el frontispicio del primer instituto de ciencias útiles, creado por él en Gijón en 1794, esta leyenda: “Quid verum, quid utile”, “A la verdad y a la utilidad pública”. Este era su canto a la luz. Sin embargo, este gijonés universal sufrió en su propia carne la persecución de la oscuridad. Fue atacado por la maledicencia, la calumnia y la envidia, maldades que huyen de la claridad como de la peste. Y sufrió por ello el más ignominioso de los destierros.
Jovellanos pedía luces para regenerar la política. Pedía luces para aplicarlas a la educación. Pedía luces para iluminar un futuro donde nadie fuera perseguido y encarcelado por sus ideas.
Esas luces siguen siendo necesarias para curar el síndrome de la gran decepción, esa que conduce a los ciudadanos a alejarse de las urnas. Consideran, los cada vez más desmoralizados electores, que los políticos harán con su voto un traje oscuro a su medida. Consideran que no vivimos en democracia, sino en votocracia o poder del voto. Los pocos desengañados que se atreven a hablar, afirman afligidos, que creían que la democracia iba a ser otra cosa. Creían que iba a ser mucho más que depositar una papeleta en una urna cada cuatro años, creían que los partidos políticos, sobre todo en época electoral, en vez de dedicarse a despotricar contra sus rivales y cultivar el insulto como cumbre insigne de su dialéctica, centrarían sus esfuerzos en transmitir a los ciudadanos propuestas capaces de ilusionar, de entusiasmar; propuestas, en suma, aclaradoras. Y creían que si se excedían, si practicaban el golpe bajo de hablar de la paja en el ojo ajeno y de olvidarse de la viga en el suyo para ocultar unos programas faltos de contenido, serían castigados con severidad por los votantes.
Creían y ahora ya no creen.
Y piden luz para curar su desafección política.
Algunos ya han salido a la calle a pleno día con una linterna, como Diógenes. Buscan, al igual que aquel sabio, la honradez, la verdad, el cumplimiento de las promesas, las explicaciones claras, la sinceridad, la humildad, la generosidad. La buscan no sólo para apoyarla con su voto o como terapia para curar su dolencia, sino como ciudadanos que también quieren ser políticos, esto es, personas que desean trabajar por el bien de su polis.
Pero, ojo, hay otra forma de no aportar luminosidad, es la de darnos en toda la cara, de repente, las luces largas, esto es, deslumbrarnos con información opaca, incomprensible, ininteligible, apabullante o confundirnos con el lanzamiento de fuegos artificiales. Nadie quiere tampoco esas luces que impiden ver.
¿Se pretende preparar en las escuelas a ciudadanos y ciudadanas dignos de una democracia? Pues enseñémosles, desde bien pequeños, a que aprendan a encender la luz, a que sepan ellos darle al interruptor de la claridad.
Los ciudadanos y ciudadanas exigen a la democracia lo mismo que parece ser pidió Goethe instantes antes de morir:“Luz, más luz".

Artículo publicado en el diario "La Nueva España"

miércoles 20 de febrero de 2008

La profesión más arriesgada del mundo

Existe una profesión realmente arriesgada, quizá sea la más peligrosa de todas. Me estoy refiriendo a la profesión bibliotecaria.Esta afirmación provocará más de un asombro. ¿Arriesgada por qué?¿Acaso quienes la practican trepan por imposibles rocas, como los alpinistas? ¿Acuden a la primera línea de fuego de cualquier guerra, como los reporteros? ¿Descienden a las profundidades de la tierra para extraer sus minerales, como los mineros? ¿O se enfrentan a mares embravecidos, como los marinos y los pescadores?No, claro que no realizan ninguna de las actividades descritas.Entonces, ¿por qué esa exageración? ¿A que viene hablar de riesgo bibliotecario?
Es cierto que a un observador superficial podría parecerle una profesión no sólo sedentaria, sino tranquila, relajada y alejada de cualquier amenaza. Ni siquiera se les exige el uso de casco protector ni de ninguna otra precaución.Sin embargo, las apariencias engañan, y mucho. Estos profesionales trabajan con dos de los elementos más inflamables que existen: libros y lectores.
Los bibliotecarios saben, mejor que nadie, que un libro, puesto en contacto con un lector, produce una reacción impredecible e imprevisible.
Si juntamos un átomo de oxígeno con dos de hidrógeno, sabemos que obtendremos agua. Pero si unimos un lector con un libro, jamás podremos adivinar lo que va a ocurrir, dado que el mismo libro causará efectos distintos en diferentes lectores. Será una reacción química de efectos insospechados, esto es, no controlables.
No es de extrañar que la primera medida que suelen tomar las dictaduras es intervenir en las bibliotecas, bien para clausurarlas, bien para permitir sólo los libros que a ellos les interesan. Es el caso, entre tantos, de Corea del Norte. Ninguna dictadura va a consentir que se les cuele literatura subversiva ni tampoco degenerada, como así tildaban los nazis a libros como “La metamorfosis”, de Kafka.
Qué duda cabe de que quienes mejor han entendido el poder de los libros son los dictadores. Por eso los prohibieron nada más alzarse con el poder. Stalin acabó, sin temblarle el pulso, tanto con los libros como con los autores que le molestaban, que eran casi todos. Él aplicaba ese viejo refrán de muerto el perro se acabó la rabia, aunque murió sin saber que la rabia era él.
En las democracias estas instituciones inflamables que son la bibliotecas peligran también, porque hay muchos dirigentes políticos con tentaciones totalitarias que miran los libros con recelo. Se les nota enseguida, primero porque hablan de autores y títulos que no han leído, segundo, porque ponen todo tipo de trabas y cortapisas para su potenciación, aún proclamando que las apoyan. Y tercero, y sobre todo, porque quienes rigen los destinos de los ciudadanos, saben, o intuyen, que aunque las bibliotecas públicas dependen de los poderes políticos, quienes las frecuentan tienen la posibilidad de aprender en ellas a desconfiar de cualquier poder, de cualquier imposición, de cualquier manipulación. Saben, o intuyen, que son instituciones extrañas que se nutren de pensamiento concentrado. Y saben, o intuyen, que pensar siempre resulta subversivo. Ya hay quien las considera, aunque no se atreva a decirlo en público, un peligro mayor que el de un polvorín a punto de estallar.
Comprenderá ahora, quien haya leído hasta aquí, que la actividad bibliotecaria exija delicadeza, prudencia, valor, atención y conocimiento para afrontar con éxito los altos riesgos que supone.Quienes se dediquen a esta profesión, deberán estar alerta ante lo que pueda ocurrir.
En la mítica película de 1951 “La mujer pirata”, dirigida por Jacques Tourneur, la capitana, después de expoliar un navío, ordena amontonar en la cubierta de su barco todo el botín conseguido, y les pide a sus subordinados que cojan el objeto que más les apetezca.La mujer transmite esta petición al médico del barco.
–Elegid, doctor.
El médico observa por encima aquel tesoro, en el que destacan joyas y vestidos lujosos, sin darle importancia.
–Dudo que haya algo aquí que me guste. ¡Ah, sí! –dice tomando un pequeño libro.
La mujer pirata lo contempla sorprendida.
–¿Un libro? ¿Eso es todo?–Los libros tienen un poder mágico –responde el médico.
La mujer pirata replica con indignada rapidez.
–¡Más poder tiene una andanada de cañón! ¿Puede un libro hundir un barco?
–Los libros han hundido los barcos más poderosos, destruido ejércitos y derrumbado imperios –concluye el médico alejándose con su peligroso trofeo.
Los tiranos de cualquier especie, incluidos los que llevan la piel de demócratas, saben que los libros, y quienes los cuidan, son un peligro real.
Por eso esta es la profesión más insegura del mundo.
Cuando se reconozcan de verdad los riesgos que corren los bibliotecarios, seguro que se les añadirá, a su merecido sueldo, un incremento o plus de peligrosidad, y es más que probable que se les exija también, a estos sufridos profesionales, el uso de casco y otras necesarias medidas preventivas.

Artículo publicado en el diario "La Nueva España".

domingo 22 de julio de 2007

Libros

Título: Mi nombre es Skywalker
Autor: Agustín Fernández Paz
Editorial: SM. Serie Roja
(Texto publicado en La Oreja Verde)

Qué cosa más extraña pasa con la lectura, piensa Marina, de 11 años, mientras lee Mi nombre es Skywalker.
Siempre que se adentra en un libro que le fascina le ocurre lo mismo: tiene la sensación de que lo que lee es más verdadero que las cosa reales, las que puede ver y tocar. Incluso, a veces, le parece que si levantara los ojos de la página escrita, se toparía con los personajes que aparecen en el libro.
La protagonista del relato que está leyendo es también una niña, se llama Raquel. En las primeras páginas Raquel descubre un hombre invisible.
Marina sonríe pensando que eso es imposible.
¡Pero sigue leyendo porque sabe que en los libros todo es posible. Y lee que Raquel se ha fijado en un hombre alto, vestido con una estrafalaria chaqueta de “llamativos cuadros verdes y marrones”, que está de pie, en medio de la bulliciosa salida de un supermercado.
Marina mira de reojo, sin levantar del todo la vista del libro y allí, a su lado, cree ver a Raquel que le dice muy convencida:
–Nadie lo ve, parece invisible–.
A Marina se le escapa preguntar:
¿Por qué dices eso?
–Pues porque todo el mundo pasa a su lado y nadie, absolutamente nadie se fija en él– contesta muy segura Raquel.
–Es cierto afirma Marina– cada vez más interesada en la historia que está leyendo.
Avanza por las páginas del libro acompañando a Raquel. Y va descubriendo con ella los secretos de ese hombre invisible. Marina sabe algo de la invisibilidad de la que se habla en esta novela, pues no hace mucho leyó un cuento de una niña a la que nadie veía que la había dejado muy impresionada.
Ahora es Marina la que se ha metido en el libro. Si alguien le preguntara en ese momento cómo se llama, respondería, sin levantar los ojos de las páginas, que su nombre es Raquel.
Ya sabe quién es el hombre invisible. Parece ser que ha venido de otro planeta.
Termina de leer el libro y se va pensativa a su casa, viviendo todavía en la piel de Raquel.
Al día siguiente, en clase, Marta, la profesora y entusiasta encargada de la biblioteca escolar, le pide a Marina que le comente algo del libro que ha leído.
Marina mira a su izquierda, como si a su lado estuviera sentada Raquel.
–Es una historia de amistad y de esperanza –dice–. De amistad, porque la protagonista es capaz de hacerse amiga de un hombre al que nadie ve. Y de esperanza porque una amistad como esa hace que las personas a las que nadie ve dejen de ser invisibles.
La maestra, después de felicitar a Marina por su resumen, preguntó quién quería leer ahora aquel libro.Y veinte manos se levantaron a la vez, como si fueran pájaros anunciadores de esperanzas.


Título: ¡Qué lata de rata!
Autora e ilustradora: Lauren Child
Editorial: Serres
(Texto publicado en La Oreja Verde)

Me llama por teléfono una niña amiga mía para que le recomiende un libro.
–Paco, ¿hay cuentos sobre todo tipo de animales?
–Los hay de muchos animales, sobre todo de los más conocidos. Hay cuentos de perros, ratones, gatos, osos, hormigas, leones, canguros, caballos, conejos y hasta de dinosaurios. Tú dime de qué animal quieres un cuento y trataré de buscártelo.
–Quiero un cuento sobre un animal del que me parece que no se ha hecho ningún cuento, aunque se trata de un animal muy conocido.
–¿Y qué animal es ése?
–Es un animal apestoso que vive entre la porquería. Es más pequeño que un gato, pero da miedo y asco verlo.
–Parece una adivinanza, pero me imagino que te estás refiriendo a la rata, ¿no?
–¡Oh, sí, es la rata! ¿Hay algún cuento en el que sea protagonista una rata?
–¿A ti no te dan miedo y asco las ratas?
–Claro, que me dan miedo y asco. El otro día vi una corriendo por la calle, cuando salía del cole, y casi me muero del susto.
–¿Y entonces por qué quieres un libro sobre ratas?
–Pues para qué va a ser, para tenerles menos miedo.
–Has tenido suerte, sí hay un libro protagonizado por una rata. Se titula ¡Qué lata de rata! Lauren Child, la autora e ilustradora, ha ganado importantísimos premios por este cuento.
–Pero se titula qué lata, y lata ¿no significa fastidio?
–Sí significa fastidio, pero no debes dejarte engañar por el título. En este libro la rata de alcantarilla no es un fastidio, sino que te va a caer muy simpática, ya lo verás.
–¿Seguro que no me va a dar repelús?
–Segurísimo. Te va a resultar tan simpática que hasta te gustaría tenerla en tú casa.
–¿De verdad? ¿Qué cuenta de la rata?
–En realidad es la rata la que cuenta su historia. Ella quiere ser la mascota de algún ser humano, de alguien que la quiera, como se quiere a los animales domésticos.
¿Y consigue que alguien la quiera como mascota?
–Siempre me dices que no te cuente el final de los cuentos, ¿no?, así que para averiguar qué pasó tendrás que leerlo.
–Sí, sí, esto, no, no quiero que me cuentes el final. Muchas gracias.
–De nada. Llámame cuando lo leas.

Titulo:Las crónicas de Narnia
Autor: C.S. Lewis
Editorial: Destino
(Texto publicado en La Oreja Verde)

Todo empezó un viernes, después de salir de clase. Christian, María, Silvia, Olaya y Luis paseaban comentando a dónde iban a ir cada uno estas vacaciones.
Al pasar delante del escaparate de una agencia de viajes, Christian señaló a sus compañeros un anuncio escrito en grandes letras amarillas sobre un fondo violeta. Lo leyeron los cinco a la vez:

“ATENCIÓN. SI ERES CAPAZ DE LEER ESTE MENSAJE PUEDES VENIR A NARNIA. NO TE PIERDAS LAS VACACIONES MÁS FABULOSAS DE TU VIDA. ENTRA. TE INFORMAREMOS.”
–¿Dónde estará Narnia? –preguntó María.–
¿Y qué querrá decir eso de si eres capaz de leer este anuncio? –preguntó Christian–. Todo el mundo lo puede leer.
–¿Por qué no lo comprobamos preguntándoselo a alguien que pase? –propuso Silvia–. Yo misma lo haré. Alejaos un poco, dejadme como si estuviera sola.
Los cuatro niños formaron un grupo en una esquina del escaparate. Fingían charlar animadamente.
Silvia aprovechó que, en ese momento, pasaba una pareja de chicos jóvenes y les preguntó:
–Por favor, podríais decirme que pone en ese cartel, es que me he dejado las lentillas en casa y lo veo todo borroso.
Los chicos se le quedaron mirando extrañados y desconfiados, primero a ella y luego al cartel que les señalaba.
–Ahí no hay nada escrito –dijo la chica.
–¿No hay un cartel violeta con letras amarillas? –insistió Silvia.
–Niña, si que ves mal, Ahí sólo hay un cartel de una playa. Nada más que eso, no tiene ni una letra –aseguró el chico. Y los dos se alejaron.
Los cinco compañeros se miraron y asintieron con la cabeza. Sin necesidad de palabras acordaron con sus gestos entrar en aquella agencia.
Desde el fondo del establecimiento, bastante oscuro por cierto, surgió una voz amable y tranquila. El propietario de aquella voz era un hombre mayor, casi un anciano.
–Pasad, pasad. Por fin alguien ha descifrado el mensaje. Empezaba a creer que ya nadie sabía leer. Pero, por favor, sentaos.
Ninguno de los niños quiso interrumpirle. Aquel hombre les infundía serenidad, curiosidad y respeto.
–Tenéis la posibilidad de viajar a Narnia –les siguió diciendo con entusiasmo.
Olaya se atrevió a preguntar con cierta timidez :
–¿Dónde está ese país o lo que sea?
–No tengáis miedo en preguntar. Narnia está allá, al otro lado –respondió el hombre señalando a un lugar indefinido. Yo seré vuestro guía en ese fabuloso lugar si aceptáis venir. Pero no quiero engañaros: lo hago por interés personal, sólo si voy con vosotros me esta permitido regresar a Narnia y volver a ser el que era –dijo suspirando–. Ya sé, ya sé que esto os sonará extraño, sin embargo os pido que confiéis en mí.
–¿Y cómo se va a Narnia? –preguntó Olaya.
–Oh, eso es muy fácil para los que les gusta leer como a vosotros. ¿Os apetece ir ahora mismo? Podéis ir y volver cuando queráis.
Habéis podido leer el cartel, habéis penetrado en la agencia secreta de Narnia, habéis escuchado mis palabras. Ahora ya sólo os falta saber cómo entrar. Aquí tenéis la única manera –dijo mostrándoles cinco libros...
-Pero si sólo son libros -dijo Luis sorprendido.
–¿Sólo libros? No, no. Son mucho más que eso. Son las Puertas de Narnia, las únicas puertas por las que podréis entrar en ese mundo fascinante del otro lado. Abridlos y lo comprobaréis.
Ay, si pudiera extenderme más os diría, lectores y lectoras, que aquella tarde de verano los cinco amigos entraron en Narnia a través de aquellos libros puerta. Y que en Narnia era invierno. Y que empezaron a vivir las más extraordinarias aventuras que podáis imaginaros.
Y que cuando salieron de la agencia, ya casi de noche, camino de su casa, los cinco coincidieron al afirmar que aquellos libros eran como ciertas delicias turcas, unos dulces sin igual que les ofreció la malvada bruja de Narnia. Quien prueba esos dulces y esos libros quiere más y más. Si no lo crees, abre las páginas de cualquiera de ellos y lo comprobarás.

Baja de ahí arriba, papá!
Título: Mi padre fue rey
Autor: Thierry Robberecht
Ilustrador: Philippe Goossens
Editorial: Edelvives

La profesora de segundo les dijo a sus alumnos:
–He aquí un libro para que lo leáis con vuestro padre, sobre todo si es una persona muy ocupada.
–Pero si está muy ocupado no tendrá tiempo para leerlo con nosotros –argumentó una niña.
–Tienes razón, pero, así y todo, intentadlo con ganas.
–¿De que trata ese libro, seño? –preguntó otro niño.
–Trata de un niño cuyo padre era el mejor del mundo. De repente, un día, al padre le nombran rey. Entonces crece, crece mucho. Y se hace grande, muy grande, y se convierte en importante, en demasiado importante. Desde que es rey lo mira todo desde las alturas. No se da cuenta de que una persona que lo mira todo desde arriba es incapaz de ver lo pequeño. En realidad no se da cuenta de que lo que él ve pequeño y sin importancia es en realidad lo grande y lo importante.
–Conozco yo un padre así –comentó una voz de niña que nadie logró saber quién era. –Sí –subrayó la profesora–, hay padres que se encuentran tan lejos de sus hijos como si vivieran en lo alto, muy alto de un palacio lejano. Son incapaces de oír que ellos les piden sin palabras: “¡Baja de ahí arriba, papá!”Este libro, que se titula Mi padre fue rey, se lee en un momento, pero da para pensar mucho, mucho tiempo.
–Sobre todo a los padres –volvió a decir aquella voz de niña que nadie consiguió identificar.

Título: La montaña más bella
Autor: Alfredo Gómez Cerdá
Ilustrador: Teo Puebla
Editorial: Everest
(Texto publicado en La Oreja Verde)

A Miguel del Canto, de 11 años, le entusiasman los cuentos sobre los indios norteamericanos.
Por eso, nada más ver en la biblioteca escolar La montaña más bella, se lanzó, como él dijo, a escalarla.
Todos los lunes, en su clase, los niños y niñas presentan a sus compañeros los libros que han leído en esa semana.
Cuando le tocó el turno a Miguel, dijo:
“Este libro es del mismo autor y del mismo ilustrador que La sombra del gran árbol y Dos plumas de águila, libros que leí hace ya algún tiempo y que me gustaron mucho. Aquí se cuenta la historia de dos amigos indios inseparables. Uno se llama Pájaro Inquieto; el otro, Oso Manchado. Todos los días, al atardecer, el sol teñía de rojo fuego la montaña que se alzaba frente a su aldea. Ellos no se cansaban de mirarla. Pensaban que no existía una montaña más bella que aquella. Un día, Pájaro inquieto, contemplando aquella montaña de fuego, le dijo a su amigo:
–Cuando sea –leyó Miguel– tan alto y tan fuerte como los más altos y fuertes guerreros, haré un viaje y veré todas las montañas del mundo.
–¡Estás loco! –reía de buena gana Oso Manchado.«Pájaro inquieto, –siguió comentando Miguel–, tenía muy claro lo que quería».
Volvió a leer:
«Una tarde, muchos años después, cuando regresaban del poblado, hicieron un alto en el camino para beber de una fuente. Pájaro Inquieto miró la Montaña de Fuego que refulgía como las brasas de una hoguera.
–Muy pronto emprenderé el viaje –dijo.
–No hace falta viajar para saber que no existe una montaña tan bella –le replicó Oso Manchado.
"Pero Pájaro Inquieto –siguió comentando Miguel– tenía su decisión tomada. Quería volar. quizás por eso se llamaba así."
¿Que haría yo?, me pregunté cuando él tomó la decisión de marcharse. ¿Me quedaría en la aldea con Oso Manchado o partiría con él?
Decidí irme con Pájaro Inquieto a través de las páginas de este libro. Y, la verdad, no me arrepiento de ello.Y para terminar, Miguel añadió:
"Me encantaría tener uno de los dibujos de estos libros para ponerlo en la habitación de mi casa porque son una maravilla."

La mariquita gruñona
Autor e ilustrador: Eric Carle
Editorial: Kókinos

(Texto publicado en La Oreja Verde)
¡VAYA MODALES!
Laura y Enmanuel, de 8 años, leen a la vez La mariquita gruñona.
Parece ser que existen mariquitas de mal carácter, igual que hay seres humanos que refunfuñan y protestan por todo.
¿Os gustaría tener un maestro o a una maestra que estuviera todo el día gruñendo? ¿A que no?
Es muy agotador estar con una persona cuyos modales se parecen a los de la antipática mariquita de este cuento.
Laura y Enmanuel leen:
«Una simpática mariquita había visto una hoja plagada de pulgones y decidió comérselos para desayunar. Al mismo tiempo, una mariquita gruñona volaba en dirección a la misma hoja. También había visto los pulgones y se los pensaba desayunar.
–Buenos días –dijo la mariquita simpática.
–¡Lárgate! dijo la mariquita gruñona–, los pulgones son para mí.
–Los podemos compartir –dijo la mariquita simpática.
–¡No!, ¡Son míos! –grito la mariquita gruñona. –¿O quieres pelear?
–Si insistes... –contestó con dulzura la mariquita simpática mirándole fijamente a los ojos.
La mariquita gruñona dio un paso atrás, ahora parecía menos segura de sí misma.
–No eres suficientemente grande para que pelee contigo –le dijo.
–Entonces, por qué no te lanzas sobre alguien más grande?
–Es lo que voy a hacer! –gritó la mariquita gruñona».
Nada más leer este párrafo, Laura le preguntó a su compañero:
–Enmanuel, ¿tu eres un gruñón?
El niño puso cara de no haberse puesto de mal humor en su vida.
–Pues, no; bueno, sí, alguna vez soy un poco gruñón, pero no sé si mucho. ¿Y tú?
Laura se rascó la cabeza y miró hacia arriba, como si esperara encontrar la respuesta escrita en el techo.
–Yo tampoco, supongo; aunque alguna vez se me escape algún gruñido cuando estoy enfadada, pero no soy de las que están refunfuñando a todas horas, como esa mariquita del cuento.
–Yo tampoco soy como la mariquita –dijo Enmanuel. Es insoportable.
–Sí, no hay quien la aguante –añadió Laura – quiere pegarse con todo el mundo, y siempre está enfadada. A mí, la verdad, me gustaría ser como la mariquita simpática.
–Yo también quiero ser como ella –concluyó Enmanuel –, porque así caes bien a la gente. A veces es difícil ser simpático, pero si lo eres te encuentras mejor con los demás y contigo mismo.

Las mil y una noches [o casi]
Por Jordi Sierra i fabra
Ilustrador: Francesc Rovira
Editorial: Edebé
(Texto publicado en La Oreja Verde)

Carlota Díaz y Silvia Petersen, de 9 y 10 años, estaban en la biblioteca. A las dos les había llamado la atención el mismo libro. Se titulaba LAS MIL Y UNA NOCHES […o casi]. Lo miraron a la vez y cometieron el error [o casi] de abrir sus páginas. Ellas no sabían que los buenos libros son peligrosos, y , ay, este era uno de los buenos. Nada más abrirlo, se vieron en medio de una plaza árabe llena de gente. Todos parecían abatidos. Las niñas preguntaron a una mujer mayor que les inspiró confianza:
–¿Qué ocurre? ¿Por qué están todos tan tristes?
La mujer las miró asombrada, de arriba abajo, como si no entendiera su lengua, pero les contestó en perfecto castellano.
–Niñas, ¿de dónde salís vosotras? ¿Sois forasteras? Aquí hasta los gorriones saben lo que pasa.–Sí, señora, somos forasteras, venimos de lejos, de allá –contestaron ellas.
–De muy lejos tenéis que venir, hijas mías, para no estar enteradas de lo que ocurre, y, además, aparecer vestidas con esas vestimentas tan raras.
–Verá, es que nosotras...Pero la mujer no las dejó continuar.
–Tranquilas, no tenéis que darme ninguna explicación. Veréis, aquí está pasando algo terrible
–dijo bajando la voz–. Nuestro sultán, que antes era un hombre justo, sabio y bondadoso, fue engañado por su esposa, y ha jurado casarse cada día con una doncella y matarla por la noche.
–¡Oh, es terrible! –exclamaron las niñas– ¿No se puede hacer nada?
–Hay una gran esperanza. El sultán se casó con una sabia, inteligente y hermosa joven llamada Sherezade y ella... aún sigue viva.
–¿Por qué a ella no la ha…? –preguntaron las niñas intrigadas.
–Parece ser que es gracias a los cuentos.
–¿A los cuentos? –interrogaron extrañadas las niñas.
–Sí, a los cuentos. Al ponerse el sol, ella le narra un cuento al sultán. Él está tan fascinado con sus relatos, que le concede un día más de vida cada noche para que pueda seguir contándole más.–¡Deben de ser unos cuentos preciosos! –comentaron Carlota y Silvia.
–Lo son –afirmó la mujer con seguridad–. Venid conmigo, quiero mostraros algo.
Las condujo por apretadas calles, entre vendedores de todo tipo de objetos.
Al llegar a una tiendecita llena de alfombras, extrajo algo de debajo de una de ellas. Las niñas miraron perplejas lo que les mostraba. ¡Era el mismo libro que habían empezado a leer en la biblioteca!
–Aquí están las historias –dijo la mujer casi en un susurro– que nos van a salvar de un sultán asesino. Sherezade se las contará y le hará cambiar de actitud. Si supierais el poder que tienen los cuentos. Tomad, lleváoslo.
Carlota y Silvia cogieron el libro que estaba abierto justo por la misma página que ellas lo habían abierto en la biblioteca. Se miraron una a otra, se dijeron sí con la cabeza y cerraron el libro. De inmediato volvieron a estar en la biblioteca.Ahora sabían como ir y venir al país de Sherezade, al país de los cuentos. Y se prometieron volver todos los días.

miércoles 11 de julio de 2007

Libros

Título: Nasrudín
Autora: Odile Weulersse
Ilustradora: Rébecca Dautremer
Editorial: Edelvives
(Texto publicado en La Oreja Verde)

Pepa, una de las profesoras de primero, les preguntó a sus alumnos nada más empezar la clase:
“¿A quién le gustaría saber lo que le pasó a un niño árabe que se llama Nasrudín que hiciera lo que hiciera todos lo criticaban?”Aunque Irene, Natalia y Pedro, los tres de 6 años, fueron los primeros en levantar la mano, toda la clase, sin excepción, solicitó ir a conocer a Nasrudín.
La verdad es que Pepa sabía como hacerles viajar. Y esos viajes siempre les entusiasmaban. Para ello no necesitaba una agencia de viajes ni trasladar a los niños en complicados medios de transporte, no. Sólo necesitaba un buen libro, como el de Nasrudín.
Así que Irene, Natalia y Pedro abrieron las páginas de aquel libro como si fueran puertas y, durante un buen rato, desaparecieron dentro de él.Nada más entrar, vieron al niño protagonista del cuento. Estaba sentado sobre una alfombra a la sombra de una palmera bebiendo en un cuenco.
–¿Os apetece un poco de leche de camella con canela? –les dijo el chico nada más verlos dando así muestra de su hospitalidad.
–Oh, no, muchas gracias –contestaron los tres a la vez–, ya hemos desayunado. Luego oyeron la voz amable del padre que le decía a su hijo desde dentro de la casa:
–Nasrudín, ve a por el burro, que nos vamos al mercado.A lo que el niño contestó:
–Tus deseos son órdenes.
Aquella extraña forma de hablar del niño, aquel respeto hacia su padre, tan poco frecuente hoy en día, les sorprendió.
Los tres niños viajeros siguieron a Nasrudín, a su padre y al burro.
Comprobaron, asombrados, que si el padre iba montado en el burro y su hijo caminado, la gente los criticaba; que si iba Nasrudín montado en el burro y el padre a pie, la gente los criticaba; que si iban los dos montados en el burro, la gente les criticaba; que si iban los dos a pie junto al burro, la gente los criticaba. Hicieran lo que hicieran, la gente siempre tenía algo negativo que decir. ¿Qué tenían que hacer entonces para que nadie se metiera con ellos?
El padre de Nasrudín era un hombre sabio, así que buscó la manera de que su hijo llegara a descubrir por si solo cuál era la forma más adecuada de actuar.
Irene, Natalia y Pedro, los tres niños viajeros, sonrieron satisfechos al oír la conclusión a la que había llegado Nasrudín.Y si alguien más quiere saber la sabia decisión que tomó para que no lo afectaran las voces criticonas, no tiene más que abrir el libro, seguir sus preciosas páginas estupendamente ilustradas y oírla de los labios del mismísimo Nasrudín.


Título: ¿Nada?
Autor e ilustrador: Patrick McDonnell
Editorial: Serres
(Texto publicado en La Oreja Verde)

La mañana de mediados de junio en que Sergio Andina, Álvaro de la Rosa, Andrea Peláez y Alba Fombona, entraron en la biblioteca y abrieron el libro titulado "¿Nada?", estaba nevando. Salieron a la calle a contemplar el espectáculo y vieron un paisaje blanco con dos casitas, una enfrente de la otra. En la ventana de una de ellas se hallaba un gato con cara preocupada; en la otra, sobre un cojín, dormía un perro. El gato les hizo señas desde detrás del cristal para que se acercaran. Ellos no lo dudaron ni un instante.–Hola, me llamo Morro –les dijo el gato–. ¿Podríais ayudarme, por favor? Estoy buscando algo para regalarle a mi amigo, el perro que vive en la casa de enfrente y no sé qué elegir.
–Regale un tazón para la comida sugirió uno de los niños
–Ya lo tiene –contestó Morro.
–¿Qué tal una cama de perro? –propuso otro.
–También tiene –dijo el gato.–Cómprale un hueso de juguete. A mi perro le gusta mucho.
–También tiene un hueso que le encanta. Eso que me sugerís ya lo había pensado yo. El problema es que mi amigo tiene de todo. ¿Qué se le puede regalar a alguien que lo tiene todo?
–Pues no le compres nada –dijeron un niño y una niña a la vez recalcando nada.
Al gato se le iluminó la cara y se puso a dar saltitos de alegría.
–¡Claro, por supuesto! Eso es lo que le regalaré. ¡Nada! Pero, dónde puedo encontrar nada?
En ese momento sonó la música de entrar en clase. Los cuatro compañeros se despidieron de Morro.
–Tenemos que irnos, no podemos llegar tarde a clase. Ojalá encuentres lo que buscas. Volveremos luego a ver si tuviste suerte –le comentó una de las niñas.
–Lo mejor que tiene tu amigo eres tú –le susurró Sergio antes de salir por la puerta.Los niños dejaron al gato en el momento en el que se disponía a iniciar su búsqueda del regalo para su amigo.
En clase, aquella mañana, permanecieron un tanto distraídos. Pensaban en sus amigo Morro, y estaban deseando volver a la biblioteca para saber cómo acabaría aquella historia. ¿Conseguiría encontrar Morro nada para su amigo?, se preguntaban.Susana, la profesora, notó enseguida que sus pensamiento estaban en otra parte. Por eso, cuando le preguntó a Álvaro en qué estaba pensando, éste respondió.
–En nada.
Y no mintió.

Título: Casi.
Autor e ilustrador: Peter H. Renolds.
Editorial: Serres
(Texto publicado en La Oreja Verde)
Lo que voy a contaros, casi ocurrió de verdad. Una niña llamada Judit Felgueroso, de 10 años, empezó a leer el libro titulado Casi. Y quedó tan impresionada, que casi se le olvida volver al cole, casi no se acuerda de ir a su casa y casi se golpea contra una farola por ir leyéndolo por la calle.
El día que le tocó presentarlo en clase, como era una niña muy tímida, casi no podía hablar. Pero su maestra, que sabía mucho de la timidez y de todos los miedos que produce, le dijo con voz suave y tranquilizadora:
–Como casi no puedes hablar, y sé muy bien lo que es eso, en vez de una presentación, puedes hacernos una CASI presentación.Judith CASI sonrió. Y habló con una voz que casi no le salía del cuerpo, pero habló.Y esto fue lo que dijo.
–El protagonista de este libro se llama Ramón. Es un niño al que le encanta dibujar.
Dibuja a todas horas y en cualquier sitio. Pero un día, su hermano mayor ve lo que está haciendo y suelta una gran carcajada.
La burla de su hermano le desanima tanto que se siente incapaz de hacer algo bien. Lo intenta, pero acaba tirando todos sus dibujos.
Al llegar aquí, Judith se calló, como si lo que estuviera contado le hubiera ocurrido a ella y le doliera.
La maestra y sus compañeros, acostumbrados a escucharse unos a otros, callan también.
Es un silencio de espera, de esos silencios que parecen decir: «Tómate tú tiempo, no te preocupes».
Ese silencio respetuoso da ánimos a Judith para seguir su casi presentación.
–Un día, Ramón se queda asombrado al ver que los dibujos que el tiraba convertidos en bolas de papel, eran recogidos por su hermana pequeña. Ella los desarrugaba y los colocaba con mucho cuidado en la pared de su habitación. Al señalarle ella uno de los dibujos de su hermano que más le gustaba, Ramón le dice, emocionado, que pretendía ser un jarrón, aunque no lo pareciera. Y ella le dice entonces algo que va a hacer que su hermano vea sus propios dibujos de una manera completamente nueva. Le dice: «Bueno, ¡parece un CASI jarrón!». Y Ramón, desde aquel día siguió haciendo casi dibujos, igual que yo he hecho hoy una casi presentación.

jueves 28 de junio de 2007

Libros

Frida
Autor: Jonah Winter
Ilustradora: Ana Juan
Editorial: Alfaguara
(Texto publicado en La Oreja Verde)

Visito con frecuencia el colegio público Sherezade. Voy allí a aprender viendo lo que hacen los niños y las niñas. Esta semana estuvieron pintando autorretratos. Cada uno se pintó a sí mismo con un derroche de color. Era una maravilla ver todos los dibujos embelleciendo el colegio. De lejos parecía que en las paredes había salido el arco irís. Cuando entré en la clase de cuarto, la maestra estaba diciendo:
–Imaginad que os miráis en un espejo y que al marcharos vuestra imagen queda fijada en él para siempre. Muchos pintores se han retratado a sí mismos como si estuvieran mirándose en el espejo.
Una niña preguntó:
–Seño, ¿sólo hubo pintores que hicieron autorretratos, ¿no hubo pintoras?
–Bueno –contestó la maestra riendo–, cuando dije pintores me estaba refiriendo a pintores y pintoras. Y, de entre todas las pintoras que se pintaron a sí mismas quiero destacar a la mexicana Frida Kahlo. Fue una mujer y una pintora extraordinaria. Precisamente acaba de aparecer un libro en el que se nos relata, como si fuera un cuento, la atormentada y difícil historia de su vida con hermosas ilustraciones y un sencillo texto.
–¿Por qué tuvo una vida atormentada y difícil? –preguntó un niño.
Porque de pequeña sufrió una enfermedad que la mantuvo mucho tiempo en la cama. Durante esa enfermedad empezó a dibujar para liberarse de la tristeza. Años después de esta desgracia, sufre un tremendo accidente del que ya nunca se recupera. Su cuerpo le dolerá siempre. Sin embargo, nunca dejó de pintar.
–¿Y cómo podía pintar con dolores? Cuando yo estuve mal de mi pierna derecha, y me dolía –comentó otro niño–, no podía ni leer ni estudiar ni nada, el dolor no me dejaba concentrarme.
–Ya ves, ella tenía dolores terribles, pero también mucha fuerza, y no se dejó vencer ni por el dolor ni por la enfermedad.
–¿Cómo eran sus dibujos de niña?, ¿se parecían a los nuestros?
–No sé si se conserva algún dibujo de cuando era niña, pero estoy segura de que vuestras pinturas tienen el mismo colorido y energía que las que ella hacía.
–Seño, ¿por qué no ponemos un letrero grande encima de nuestros autorretratos que diga: Nos pintamos igual que hacía Frida –dijo una niña con gafas de montura azul.
–Me parece una estupenda idea. Y, junto a los dibujos, colocaremos el libro Frida.

Yamina
Autor e ilustrador: Paul Geraghty
Editorial: Zendrera Zariquiey
(Texto publicado en La Oreja Verde)

“Paco, por favor, recomiéndanos un libro sobre África, pero que pasen cosas, que sea emocionante”, me pidieron un grupo de niños y niñas de 7 años.
Y, sin dudarlo les sugerí leer Yamina. Les comenté:
“El libro que os recomiendo se titula Yamina. Es la historia de una niña africana que de mayor quiere ser cazadora.
Un día, Yamina, sale de la aldea con su abuelo en busca de miel. Él se concentra en seguir el rastro del pájaro de la miel que le conducirá hasta donde se encuentra tan apreciado alimento. Ella juega a ser cazadora persiguiendo a imaginarios elefantes, rinocerontes y leones.
De repente, Yasmina se da cuenta de que se ha adentrado demasiado en la selva. Busca a su abuelo, pero no lo encuentra. Está pedida. La compañía de su abuelo le daba la seguridad necesaria para jugar. Ahora que se ha perdido, ya no quiere jugar. Tiene miedo. Oye los sonidos de la selva como avisos de peligro que la acechan por todas partes.
Entre esos ruidos sobresale de improviso uno: es un grito triste y desesperado. A Yamina se le encoge el corazón. ¿Quién lanzará ese lamento? Tras mucho andar, descubre que el autor de esa angustiosa queja es un bebé elefante. Los cazadores han matado a su madre y él permanece a su lado, pidiéndole con sus gritos que vuelva a la vida.
Yamina lucha contra su miedo. Quiere ayudar al elefantito. Tiene que sacarlo de allí antes de que regresen los cazadores. ¿Qué puede hacer?
Venid. Adéntraros en la selva de este libro. Sus maravillosas ilustraciones os introducirán en el hermoso y, a veces, inquietante paisaje de África.
Al leerlo viviréis la odisea de Yamina con la misma intensidad que ella”.

Mi vida con una ola
Adaptación de un cuento de Octavio Paz realizada por: Catherine Cowan.
Ilustrador: Mark Buehner
Editorial: Kókinos
(Texto publicado en La Oreja Verde en el número 669)

Pablo, ha abierto el libro Mi vida con la ola. Lee en voz alta en medio de la calle, sin preocuparse por la gente que pasa a su alrededor y lo mira extrañada. Lee:
“La primera vez que fui al mar, me enamoré de las olas. Cuando ya abandonábamos la playa, una ola se escapó. Y cuando las demás olas intentaron detenerla, sujetándola por su vestido flotante, ella me agarró de la mano y juntos huimos saltando por la rugosa arena”.
Llaman a Pablo para darle la merienda, pero él no oye nada. Está ensimismado tratando de averiguar qué pasará con la ola y su amigo.
¿Conseguirá llevarla a su casa?
Su padre le da un bocadillo. Él lo come sin mirarlo. Está escuchando con los cinco sentidos lo que dice el niño del cuento.
“Nuestra vida era un juego perpetuo.”
–Cuánto me gustaría –piensa Pablo, también en voz alta– tener una amiga así.
Se deja llevar por este deseo mirando las fabulosas ilustraciones del libro. Y se imagina yendo al colegio montado encima de su ola. Y, en vez de sentarse en su silla, se quedaría en lo alto de su amiga, ante la admiración de sus compañeros.
Vuelve al cuento. Comprueba que la amistad con un trozo de mar no va a ser tan fácil. La ola, acostumbrada a la libertad del océano, no acaba de adaptarse a las estrecheces de una habitación. El niño lee, cada vez más interesado, que la ola “cambiaba de humor como cambian las mareas.”
La ola se vuelve cada vez más arisca, más intratable, más violenta. Hace a todos la vida imposible con su comportamiento colérico y caprichoso.
–Ay, ¿qué pasará? –se pregunta Pablo con el corazón encogido.
Está preocupado, pues igual que el niño del cuento, le ha cogido mucho cariño a la ola.
Pero no puede averiguar cómo acaba esa historia. Lo llaman para ir a casa. Su padre no le permite ir leyendo por la calle. Le dice, como si hubiera leído el cuento, que eso es más peligroso que tener una ola en casa. Pero a Pablo no le importan los peligros, sólo quiere, como cualquier lector que se adentre en este libro, saber qué pasará con la ola.

miércoles 20 de junio de 2007

Libros

El mejor cuento del mundo- Donde viven los monstruos Texto e ilustraciones: Maurice Sendak
Editorial: Alfaguara Infantil
(Texto publicado en La Oreja Verde)

El profesor de quinto, del colegio Andersen, siempre les preguntaba a sus alumnos sobre lo que habían leído, y sobre lo que más les gustaba de eso que habían leído. El viernes pasado, sin embargo, el preguntador se convirtió en preguntado.
–Profe –intervino un niño en nombre de sus compañeros –todos los días nos preguntas cuáles son nuestras lecturas favoritas, pero hoy, si no te importa, nos gustaría que nos contestaras tú. ¿Cuál es tu cuento preferido, el que más te ha gustado en toda tu vida?El profesor, pillado por sorpresa, se sentó en su silla, colocó los codos encima de la mesa, apoyó las manos en la barbilla, levantó sus gafas con los dedos meñiques y dijo muy despacio:
–Vuestra pregunta me ha traído a la cabeza un montón de cuentos extraordinarios, por lo que creí que no iba ser capaz de destacar uno entre tantos. Sin embargo, como si se hubiera iluminado de repente, en mi memoria resalta uno que siempre ha estado conmigo. Tengo ediciones en varias lenguas y hasta he conseguido los muñecos de los personajes que lo protagonizan. Es, además, el cuento que más veces he contado, y es uno de los libros preferidos de mi hijo de tres años. Mirad aquí tengo unas fotos de mi niño leyendo este libro.
–Profe, todavía no nos has dicho cómo se titula ese cuento.
–Lo iba a decir ahora. Su título es Donde viven los monstruos, y su autor e ilustrador se llama Maurice Sendak. A este autor se le considera el Picasso de la literatura infantil por sus fabulosas ilustraciones. Cuando apareció este libro, en el año 1963, en Estados Unidos, con el título Where the wild things are, hubo padres, psicólogos y maestros que protestaron contra su publicación. Argumentaban que no era un libro adecuado para niños, pues podía darles miedo ver los monstruos que salían en él.
–Dices que lo has contado muchas veces, pero no a nosotros, profe, y la verdad es que nos has metido en el cuerpo las ganas de oírlo.
–Pues aquí lo tengo –dijo el profesor.– Lo había guardado en mi cajón esperando la ocasión adecuada para contároslo, y esa ocasión ha llegado hoy.
El maestro leyó con entusiasmo Donde viven los monstruos. Sus alumnos, de once años, seguían aquel relato fascinados en la voz de su profesor, a la vez que se maravillaban con las extraordinarias ilustraciones del libro que les iba mostrando.Era la historia de un viaje. La habitación de un niño llamado Max, al que su madre acaba de castigar en su cama sin cenar por hacer todo tipo de travesuras, se transforma en un bosque y en un mar, y aparece, sin que importe cómo, un barco, y el niño viaja en ese barco a la isla donde viven los monstruos. Y aquellos seres terribles nombran a Max el rey de todos los monstruos.
Cuando el maestro terminó su relato, el libro empezó un viaje de mano en mano. Todos querían disfrutarlo de cerca. De pronto, la voz de una niña se alzó por encima del murmullo de la clase.
–Profe, creo que ya sé por qué cuando se publicó el libro hubo gente que puso el grito en el cielo.
–Cuenta, cuenta. Me interesa mucho tu opinión.
–Creo que en ese cuento los monstruos representan a los adultos. El niño los domina, por eso los mayores no quieren que lo leamos, porque son ellos los que tienen miedo de que los podamos dominar.
–Fantástica conclusión para acabar la clase, pero no se lo digáis a nadie no vaya a ser que os prohíban la lectura del que, para mí, es uno de los mejores cuentos del mundo.

La princesa y el guisante
Autora e ilustradora: Lauren Chlid
Basado en el cuento de Hans Christian Andersen
Fotografías: Polly Borland
Editorial: Serres
(Texto publicado en la Oreja verde)

Lucía, Andrea y Alfonso, los tres de siete años, salieron al patio a leer La princesa y el guisante.
Fue un libro que les atrajo nada más verlo en la biblioteca escolar. En la cubierta se veía a una chica subiendo por una escalera. Parecía querer meterse en el cuento. Andrea, muy decidida, propuso a sus compañeros.
“¡Vamos a seguir a esa chica!”
Y sin dudarlo un instante, los tres se metieron de cabeza en la historia. Empezaba como casi siempre empiezan los cuentos de siempre:“Había una vez”.
Sólo con pronunciar esas palabras los niños se metieron dentro.
El “había una vez” era una frase mágica.
Lucia, Andrea y Alfonso se deslizaron por las páginas del libro como si estuvieran bajando por un tobogán que les llevara a un mundo extraordinario.
Nada más llegar, conocieron a un rey y a una reina que tenían un hijo.
Cuando el príncipe se hizo mayor, los padres decidieron casarlo con una princesa.
El príncipe dijo que bueno, que sí, que se casaría, pero la princesa tenía que ser “más encantadora que la luna, más fascinante que las estrellas del cielo y tener un algo especial.”
Lo de fascinante y encantadora estaba más o menos claro. Más o menos. Pero lo que ni siquiera el príncipe sabía explicar era qué significaba eso de tener “algo especial”.
Lucia, Andrea y Alfonso pensaron qué cualidades podrían ser especiales.
¿Qué querría decir el príncipe con especial?
Siguieron adentrándose en el libro tratando de descubrirlo.
Los niños lectores salieron de viaje con el príncipe por los reinos vecinos y conocieronprincesas bellas, pero vanidosas; inteligentes, pero aburridas, interesantes, pero con una cierta tontería.
La verdad es que no era nada fácil averiguar qué era tener “algo especial”.
Por fin, continuando su viaje por el libro, llegaron hasta una casita situada en lo alto de un árbol en la cima de una montaña.
Allí vivía una joven bellísima “que tenía el cabello negro más bonito que nadie haya visto jamás. Era preciosa, curiosa, inteligente, simpática y tenía “algo especial.”
Y siguieron a aquella princesa –porque se trataba de una princesa– intentando verle lo especial.
La siguieron por un bosque oscuro y salvaje.
De repente, se vieron sorprendidos por una gran tormenta de cuento.“El viento aullaba, los árboles chirriaban y crujían, la lluvia inundaba los campos y los relámpagos aparecían como fuego en el cielo oscuro”.
Se pusieron empapados, los niños y la princesa. Además estaban perdidos en aquel lugar, en medio de no sabían dónde.
Pero Lucía, Andrea y Alfonso, para no pillar un resfriado, salieron de allí, ¿cómo?, pasando la página de la tormenta, claro está. Y se encontraron con la princesa empapada llamando, ¡qué casualidad!, a la puerta del castillo del príncipe.
El que quiera saber lo que pasó después, tendrá que meterse dentro del libro, igual que hicieron Lucía, Andrea y Alfonso.
“Un momento, un momento –pide una lectora intrigada– ¿consiguieron saber qué era ese algo especial?
Pues creo que era la capacidad de sentir lo que otros no son capaces de sentir.
“Y el libro, ¿qué nos dices de él?”
Pues que también es muy especial. Su texto, sus ilustraciones, sus fotografías tienen eso que lo convierten en algo muy, pero que muy, muy especial.

La bibliotecaria de Basora
Autora e ilustradora: Jeannette Winter
Editorial: Juventud
(Texto publicado en La Oreja Verde)

Nuria Fuente, Ramón Llames y Claudia García, los tres de ocho años, acababan de entrar en la biblioteca del colegio cuando, de pronto, surgió ante ellos una mujer de cara redonda y bondadosa. Llevaba un pañuelo azul de lunares en la cabeza y un montón de libros en los brazos. Al ver a los tres compañeros, les dijo con exquisita amabilidad.
–Ah, muchas gracias por haber venido. Por un momento pensé que tenía que transportar los libros yo sola. Por favor, podéis ir trayendo todos los que quedan en las estanterías. ¡Hay que salvar los libros!
–¿Salvarlos de qué? –preguntaron los tres a la vez.
–De qué va a ser, de la guerra. ¿No os habéis dado cuenta? Están bombardeando la ciudad. La biblioteca corre grave peligro. Tenemos que darnos prisa.
–Pero, señora, ¿qué ha pasado? ¿Dónde estamos? ¿Quién es usted? –preguntó Nuria.
–Pobrecillos, no sabéis ni dónde estáis. Y no me extraña. Aquí ya nadie sabe dónde está ni qué va a ser de él. Pero que mal educada soy, si ni siquiera me he presentado. Me llamo Alia Muhammad Baker y soy la bibliotecaria de la ciudad de Basora.
–¿Basora? ¿Dónde está eso? –interrogó Claudia.
–Os veo un tanto perdidos, es natural. Han ocurrido todo tan deprisa. Basora es una preciosa ciudad situada al sur de Irak. ¿Qué ha ocurrido? Que de repente nos ha venido la guerra como si fuera un monstruo destructor que pretendiera acabar con todo. Por eso tenemos que poner los libros a salvo antes de que bombardeen la biblioteca.
–Pero señora nosotros estamos en nuestra biblioteca del colegio, no en Basora –replicó Ramón.
–Por supuesto, ya los sé, por eso, habéis llegado hasta aquí. Nada más entrar, se os ocurrió abrir mi libro, ese que todavía tenéis en las manos y que se titula La bibliotecaria de Basora, una historia real de Irak. Y ahí dentro estaba yo esperando ayuda, esperando también contarle a alguien lo me ha ocurrido. Gracias por entrar.
–De nada, pero no sabemos cómo la podemos ayudar, sólo somos unos niños de 8 años –comentaron a la vez.
–Me podéis ayudar leyendo mi historia y recomendando a vuestros compañeros que también la lean. Así sabrán lo qué pasó. Y ahora, por favor, ¿me ayudáis a meter los libros en mi coche?