
Paco Abril y sus
“Reflexiones de bebés anónimos”
Francisco García (Director de LA NUEVA ESPAÑA de Gijón)
Si les parece les voy a contar un cuento, o
un "casicuento", como los que componen el delicioso libro "Reflexiones de bebés anónimos". Y digo
delicioso porque está para comérselo, como los carrillos sonrosados de un bebé,
dicho sea sin ánimo de practicar canibalismo (cuando lean un determinado pasaje
sonreirán y comprenderán la alusión a esta práctica "gastronómica").
Insisto: para comérselo porque se trata de un libro dulce, esponjoso como una
nube de azúcar, con la frescura de la fruta recién cortada, con el sabor
agradable de un helado de vainilla.
Pongamos que me llamo Francisco, y que en
unos días cumpliré 55 años, que no soy un niño chico por tanto, pero que me
encantaría volver a serlo. ¿Qué mejor viaje al extranjero que el regreso a la
patria de cada infancia? Si este libro tratara de personas mayores tal vez habría
que haberlo titulado "Los hombres de Paco", pero sonaría a coña de serial
televisivo. Como de personas menudas se trata, acometamos pues la aventura de
desentrañar el mensaje de "los bebés de Paco", las vivencias
sorprendentes y las divertidas ocurrencias de 37 recién nacidos o de pocos
meses de vida a los que el autor, Paco Abril, ha sabido poner la oreja, una extraña
oreja verde, para prestarles voz, pues todos los aquí presentes sabemos que los
bebés no hablan, solo balbucean. O puede que sí hablen y canten a los mayores
las cuarenta, si se sabe escuchar, si uno es capaz de echar el paso atrás y
recuperar unos códigos de aprendizaje que se han hundido en el fondo de nuestra
memoria o han quedado al recaudo de siete llaves en el baúl de los primeros
recuerdos.
El parloteo, ciertamente divertido aunque
también consistente y profundo de estas criaturitas ya fue publicado, en
entregas semanales, en las páginas del periódico que dirijo en Gijón, LA NUEVA
ESPAÑA, con notable éxito. Poniendo de manifiesto que el diario es un edificio
de papel que se argamasa en la arcilla que compacta los ladrillos de la noticia
pero que se mantiene más erguido cuando se sujeta la techumbre sobre columnas
independientes. Lo que escribe el señor Abril es literatura infantil que
dignifica los contenidos del papel de prensa, tan frecuentemente secuestrado
por la información política o la crónica negra de la truculencia.
Volviendo al libro, que sin duda les va a
encantar si consiguen abstraerse del espacio y el tiempo que ocupan y logran
echar durante un rato la vista atrás, se antoja un tratado breve de la
sabiduría que emerge de la ignorancia. Ignorancia no como desconocimiento sino
como casilla de salida en el tablero del aprendizaje, que a veces salta de oca
a oca, o de puente a puente. Que a veces se deja arrastrar por la corriente o
se refugia bajo el ala materno del miedo terrorífico a una calavera.
Yo mismo me puse a ello una de estas noches,
recién llegado de una jornada agotadora tras el cierre del diario, y la lectura
de los ligeros articulillos que narran, en clave de ficción, lo que seguramente
pasa muy a menudo por los circuitos cerebrales en formación de esas cabecillas
menudas de ojos abiertos a cada descubrimiento, me llevó a la carrera y de
sopetón a otra época de mi vida. Porque solo poniéndose a la altura de un niño,
un adulto puede aspirar a entender su mundo. El de los pequeños y el suyo
mismo.
Y así, estos “articuentos” de Paco Abril me
trajeron a la memoria de inmediato a los “cuentopos” de un programa de la
televisión de mi infancia, en el que Chala (Tina Sainz) y su abuelo (Manuel
Galiana), secundados por un deshollinador que hablaba al revés (Juan Diego),
vivían aventuras fantásticas en el bosque de Gulubú, donde aparecían y
desaparecían personajes y objetos extraños y fabulosos. El programa era un
vehículo para acercar a los niños la visión del mundo y las canciones de la
escritora y compositora argentina María Elena Walsh, que además era guionista
del programa. Dicen que nadie en el último siglo ha entendido tan bien a los
más pequeños como la señora Walsh, más incluso que la inefable Gloria Fuertes.
A mi juicio y albedrío, Paco Abril es el Walsh de la literatura infantil
asturiana y este último libro lo ratifica con absoluta seguridad.
Algunos críticos de la época consideraron que
ese programa se convirtió en vehículo que, en las postrimerías de la dictadura
franquista, sirvió para transmitir a los más pequeños valores tan relevantes
como la libertad, la solidaridad o la convivencia. De ser cierta esa
percepción, más que probable, quienes desde las letras infunden en los niños
principios tan loables y de semejante tamaño, se convierten, tal vez sin
saberlo o sin pretenderlo, en agentes activos de un mundo mejor. Bien seguro
estoy de que Paco Abril, incansable y polifacético personaje que cuanto más
mayor se hace más niño se vuelve, como si fuera un Benjamin Button de chaqueta
de pana y sombrero de fieltro, se encuentra ya en ese estadio.
(Diciembre, 2019)